viernes, 12 de febrero de 2021

Relato: Las maletas

 Eran las seis de la tarde. Acababa de salir del trabajo y me dirigía a casa. Tras mucho tiempo de discusiones con mi pareja, ya no aguantaba más. Lo habíamos intentado de mil formas distintas. Habíamos tratado por todos los medios de no volver a discutir, aunque no lo conseguimos. Hicimos un crucero por el mediterráneo y acabamos discutiendo; incluso intentamos hacer terapia de pareja juntos y acabamos a voces en mitad de la terapia. No podíamos seguir así por más tiempo. Tras noches y noches de insomnio, de practicar frente al espejo del baño, de ensayar tantas frases y posibles respuestas, de hablar con tantos amigos y amigas, etcétera, había tomado una decisión: llegaría a casa y le diría que esto no podría continuar así, que lo mejor sería que nos separásemos y para hacerlo todo más fácil yo haría las maletas y me iría a dormir a otra parte. Lo ocurrido la noche anterior había sido la gota que colmó el vaso. Nada más llegar del trabajo me puse a cocinar, lavé los platos, fregué la cocina, barrí todo el piso y empecé a planchar. Pero un pequeño descuido hizo que quemara una de sus camisas. Justo en ese momento ella entró a casa y me vio con la plancha en la mano y cara de pánico. La lluvia de gritos fue antológica. Y la noche que pase en el sofá, muy dura.

Muchos meses de broncas de toda clase, ella siempre me culpaba. Había llegado la hora de enfrentarse a ella, una vez más. He soportado demasiado. Recuerdo también muchas noches cenando entre amigos y ella haciéndome sentir el centro de todos los errores del mundo. Y lo peor de todo era cuando íbamos a cenar a casa de mis padres. Mi madre y ella parecían estar hecha la una para la otra. Expertas jugadoras de dardos cuya diana era yo.
Abrí el portal, me dirigía a casa. Tercera planta. Estaba muy nervioso, un nudo en el estómago y respiración entrecortada. No subiría en ascensor, iría por las escaleras y así me iba repitiendo una última vez todo lo que había pensado decirle. Esta vez no habría titubeos, no me temblaría la voz ni dejaría que me humillase con esos gritos que habían llegado a convertirse en parte de la vida cotidiana de los vecinos.
Mientras pensaba todo esto llegué a la puerta de casa. Era la hora. Con la mano temblándome metí la llave, giré y abrí la puerta.
- ¡Me voy de casa ahora mismo! ¡No te soporto más, esto es imposible! - Los ensordecedores gritos de la chillona de mi mujer me dejaron perplejo -.
- ¡No, cariño! Lo podemos arreglar, como otras veces. Esto no tiene por qué acabar así. Cambiaré cuanto haga falta.
- ¿Es que no ves que tengo las maletas hechas? A partir de hoy vivo en casa de mi madre. Espero no volver a saber más de ti. Eres un error en mi vida.
- Pero si siempre me he esforzado al máximo para hacerte feliz.
- ¡Lo haces todo mal! No barres bien, no cocinas bien, me quemas la ropa al plancharla. Y lo peor. Eres un “sinpersonalidad”.
Mientras me gritaba el mundo se me iba cayendo encima. No era yo quien la iba a dejar a ella, era ella quien me iba a dejar a mí.
Siempre había sido el hazmerreír del trabajo. La gente se burlaba continuamente de todo lo que hacía, pero después de esto, sería insoportable. Ya me imaginaba las bromas en la oficina:
- ¡Si no haces bien el informe cojo las maletas, me voy y me divorcio de ti! -Y todo el mundo riéndose a mi alrededor. Qué bien se lo iban a pasar a mi costa-.
Cuando les contase a mis padres que mi mujer me había dejado recibiría otra bronca. Ya veía a mi madre:
- Si es que nunca te vas a espabilar. Nunca haces nada bien. No sé cuándo te vas a convertir en un hombre. -Con ese tono con el que llevaba hablándome desde niño-.
Mi vida se estaba hundiendo en cuestión de segundos. No sabía qué hacer y mi mujer continuaba:
- Mi madre siempre me dijo que no entendía cómo había acabado casada con un hombre como tú. Y mis amigas también. Y por cierto, creo que hasta tu madre lo piensa.
La que era peor aún, mi esposa había montado en cólera como pocas veces. Parecía crecerse cuanto más cabizbajo me encontraba. No paraba. Estaba en su salsa. Me estaba destruyendo y parecía disfrutar. Era como una ametralladora. Por unos momentos no discernía las palabras, solo oía un continuo blablablá... No parecía dispuesta a parar, un insulto tras otro, su discurso no tenía fin.
- ¡Tonto más que tonto! Y yo desperdiciando mi vida junto a ti.
Súbitamente empecé a sentir un impulso en mi interior. Mi cara empezó a enrojecer, las venas de los ojos se me marcaron y con un grito digno del más temible león de la sabana africana grité:
- ¡Cállate!
Y se hizo un repentino silencio a la par que yo sentí un poder que nunca había sentido. La había callado y ella con su cara anonadada, mostraba que era algo que jamás hubiese esperado. Incluso estaba seguro de que para los vecinos era un grito con un timbre nada conocido. Sentí por primera vez tener el dominio de la situación, no tenía miedo y como por arte magia, todo el discurso que estaba ensayando antes de entrar a casa, salió de forma automática más alguna que otra cosa que tenía guardada en el tintero. La fiera indómita de mi mujer pasó a mosquita muerta y empezó a llorar, lo cual no hizo sino ayudarme. Aquella sensación de poder era impresionante. Nunca había experimentado nada igual. Tras soltar todo el sermón acabé con una estocada digna del más experimentado de los maestros en el arte de la disputa:
- ¡…Y coge las maletas y lárgate! ¡No quiero volver a verte!
Le abrí la puerta y salió mirando al suelo. Para más inri las vecinas de siempre habían salido al pasillo a cotillear. Tras ver que habían observado la escena, mi ego se puso por las nubes y me permití hasta una floritura como gritarles con cara demoníaca “¡Qué pasa, cotillas!”. Y ambas entraron en sus respectivos pisos con cara de espanto.
Aprovechando mi momento pletórico cogí el teléfono, marqué el número de mi madre y nada más descolgar ella grité:
- ¡Ya me he librado de la mala pécora de mi mujer! ¿Y sabes lo mejor? Qué me siento como si hubiese perdido cinco kilos. ¡Esto es todo! – Y colgué sin poder haber visto el rostro de mi madre pero pudiendo imaginarme con claridad cómo sería-.

Posteriormente llamé a mi suegra:
- ¡Ahí la llevas! Solo le falta el papel de regalo. -Y colgué-.

Qué alivio. Esa noche dormí como un niño pequeño. Me había superado.
He de reconocer que los días posteriores no fueron del todo fáciles. Tuve que explicar detenidamente a mi madre qué ocurrió, aunque lo asimiló inesperadamente bien y sin preguntar. En el trabajo solté unos cuantos gritos también para evitar burlas y al final decidí dimitir. Con mi mujer solo hablé para ver cómo hacer el divorcio. Y tras arreglarlo todo, hice las maletas, me compré un billete de avión y, como necesitaba un cambio de aires, me fui a probar suerte a otro lugar. Una nueva vida iba a empezar.

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