jueves, 14 de enero de 2021

El caballero de las tabernas (VI). Los dos nuevos mejores amigos

 Capítulo 6

Los dos nuevos mejores amigos 

A veces, vives los momentos más importantes de tu vida sin ser consciente de que están ocurriendo. No exaltan ninguno de tus sentimientos, más allá de una simple risa o lamento. Son acontecimientos que pasan con la más absoluta indiferencia y que solo con el paso de los años y tras haber vivido los avatares a los que te arrastró aquella situación, entiendes que todo había cambiado para siempre en solo un instante.

Hacía varios días que había dejado el puerto a Haispur. Me encontraba cabalgando sin rumbo por tierras desconocidas, con el dinero justo, con hambre y sin un horizonte. Había optado por dormir en la calle y comía el menor número de veces por miedo a quedarme sin una sola moneda. Mis ropas parecían harapos y mi aspecto desaliñado podía asustar a cualquiera que se cruzase en mi camino.

A medida que me adentraba por la llanura de aquel extenso bosque lleno hierbas y algún que otro árbol, pude divisar a lo lejos a tres personas con la actitud propia de quien está intimidando a alguien.

Creo que nunca sentí menos ganas de defender a nadie, mi cuerpo no estaba para peleas, pero hubiese apostado cualquier cosa a que aquello era un intento de asalto.

Cogí una piedra y me lancé a toda velocidad con Nómada, que tampoco estaba en plena forma. Cuando ya no estaba muy lejos tiré una piedra con todas mis fuerzas. Uno de ellos percibió mi llegada, giró la cabeza y la piedra le dio en la frente. Si tuviese esa puntería con el arco y las flechas, habría sido el mejor arquero del mundo. Se asustaron al ver que me dirigía a ellos e intentaron huir.

En lugar de ayudar a la persona que estaba siendo asaltada, me fui detrás de los asaltantes con la intención de alcanzarlos, sin embargo, sus caballos eran más rápidos y tuve que acabar desistiendo.

Di media vuelta y me dirigí hacia la persona que había estado a punto de ser robada. Una vez me situé delante, vi a un hombre gordito, bajito y feo que parecía mitad orco mitad elfo. Su piel era verdosa y sus orejas largas y puntiagudas, pero su nariz era chata, muy bien trazada y de su boca no salían colmillos desmedidos. Me quedé unos segundos paralizado viendo cómo ese hombre moría de miedo y lloraba como una Magdalena.

Era obvio que estaba ante alguien sin la capacidad de defenderse. Se encontraba solo, perdido, desolado en mitad de un páramo en el que podría ocurrir cualquier cosa. Como me decía Milov el bibliotecario: "La vida no es para el débil". Y aunque me estaba excediendo en el juicio, la situación parecía evidente.

-¿Te han robado algo? -pregunté a la vez que observaba el fuerte y hermoso caballo que tenía.

-Afortunadamente no les ha dado tiempo -respondió temblando, mientras se secaba las lágrimas de los ojos con el antebrazo.

-¿Cómo ha ocurrido? -le dije mientras observaba unos sacos en los que parecía transportar muchas cosas.

-Yo solo estaba pasando por aquí. Debieron verme por detrás, no me di cuenta de nada hasta que los tenía encima. Querían saber qué llevo en los sacos. Les dije la verdad, llevo libros y ropa. Ellos no me creyeron e intentaron llevárselo todo, pero afortunadamente apareciste tú. Has sido muy valiente porque no vas armado.

-He tenido suerte porque se asustaron al verme llegar, si hubieran intentan luchar tan solo tengo una daga. Creo que hubiese sido difícil.

-Me alegré mucho al verlos salir despavoridos. Por un instante, pensé que era mi fin. ¿Tú me vas a robar? -me preguntó para mi sorpresa. Supuse que mis pintas debían hacerle creer que yo me dedicaba a lo mismo.

-Para serte sincero, tengo tanta hambre que me dan ganas de llevarme todo lo que tengas. Aunque no es mi estilo, al menos, de momento.

-Yo también tengo hambre. Hay un lugar cerca de aquí en el que podemos comer, si me acompañas te invitaré como forma de agradecimiento.

Aquel hombre estaba tan asustado que, pese a desconfiar de mí, aceptó el riesgo de llevarme a comer. Supuse que mi presencia le daba sensación de protección.

Recuerdo aquel momento como si hubiese ocurrido ayer. Aquel hombre tenía problemas incluso para cargar tantos sacos en su robusto caballo. Su mirada de persona inocente y perdido con un gran caballo y sacos llenos lo convertían en el blanco perfecto para cualquier grupo de ladrones. 

-¿Tú no eres de por aquí verdad? -me preguntó.

-Vengo desde tan lejos que no sabría volver.

-¿Y tú? No entiendo cómo puedes andar solo por estos lugares con cosas de valor, ¿tampoco eres de aquí?

-Salí de casa hace diez días. Es una larga historia.

Y como si ninguno de los dos quisiésemos preguntar en exceso, se hizo el silencio hasta que pocos minutos después llegamos a una taberna.

 

Era una taberna de madera abarrotada de gente en la que se servían unos platos de comida gigantes.

En pocos minutos encontramos un lugar en el que sentarnos.

-Todavía no te he preguntado tu nombre, ¿cómo te llamas? -dije.

-Mi nombre es Kasper. ¿Y el tuyo?

-Yo me llamo, Ezequiel.

-¿Van a tomar algo? -preguntó un camarero que acababa de llegar.

-Sí. Traiga dos platos de pollo con patatas asadas y verduras y dos cervezas, por favor -dije.

-Yo no bebo alcohol -respondió rápidamente Kasper.

Lo miré pensando que era una persona incluso más aburrida de lo que ya había imaginado.

-Me gustaría cualquier bebida sin alcohol, por favor.

-¿No bebes alcohol? ¿Ni un poco? -mostré un poco de desespero en mi voz.

-No tomo ningún tipo de sustancia que altere mi estado mental.

-Ahora sé que además de a defenderte, debes aprender otro tipo de cosas importantes.

-¿Qué estás insinuando? -Kasper se indignó.

-Nada importante, solo que la vida es dura y por muy fuerte que uno sea, hay que tomar alcohol, ayuda a seguir adelante -dije mientras señalé sutilmente a un grupo compuesto por un hombre y tres mujeres que estaban borrachos en la mesa de delante.

-¡A mí no me va a hacer falta! -respondió con la arrogancia del ingenuo que cree saber cómo actuará ante las situaciones en las que nunca se ha visto.

Intenté darle una explicación:

-Te acabo de salvar de un robo en el cual estabas indefenso. No sé de dónde has salido, pero si tú tampoco vas a volver a casa, es hora de enfrentarse a la realidad, verás como pronto empiezas a verlo todo de otro color.

-¡Siempre mantendré mis valores! -respondió Kasper tras tragarse un sorbo de zumo de melocotón.

-Siempre que no te falte comida en el estómago. Como todos.

En ese momento Kasper giró la cabeza, una vez más en señal de indignación.

-Entiendo tus reacciones -dije-. A todos nos pasa lo mismo al principio, pero no le des muchas vueltas. Lo que la vida hace de ti no se razona; se vive, se siente y lo va transformando a uno sin darse cuenta.

Yo empezaba a hablar como un filósofo cuando tampoco llevaba tanto tiempo solo, pero le resumía lo que iba aprendiendo y alguna que otra frase que había oído decir por ahí.

Por unos instantes, Kasper no sabía qué responder. Tampoco hacía ningún gesto raro con la cara, pero miraba alrededor y veía un local lleno de personas que no aparentaban tener una vida fácil y la mayoría estaba bebiendo mucho.

-Te voy a ser muy sincero -continué-, yo estoy muy lejos de mi lugar de origen, como te conté, creo que nunca volveré. Estoy perdido y las cosas hasta ahora no han sido nada fáciles. No puedo seguir deambulando, necesito un trabajo y lo único que sé es pelear.

Kasper pasó de la indignación a la duda existencial más absoluta. No se había planteado qué hacer con su vida ni a dónde ir hasta ese momento.

-Espero ganarme la vida haciendo diferentes encargos -expliqué.

-¿Encargos de qué tipo?

-Cualquier cosa por la que paguen. He estado varios días viajando en barco hasta llegar aquí y durante todo ese tiempo he podido reflexionar mucho. A ti te acabo de rescatar de un asalto. Ese podría haber sido un encargo. Imagínate que fueses un hombre rico y estuvieses interesado en contratarme como tu protector.

-¿Tú solo vas a enfrentarte a grupos de asaltantes? -a Kasper le pareció una idea muy osada.

-Para ser sincero me gustaría contar con alguien más. ¿Qué sabes hacer tú?

-Yo soy un gran conocedor de la literatura. Supongo que eso no es de gran utilidad.

-Lo de que te guste la literatura no está mal, pero sería más útil que supieses manejar algún arma. Nadie intimida con libros.

-Mi familia intentó enseñarme, sin embargo, a mí nunca me gustó. Llevo una maza en uno de mis sacos -me sorprendió-. Como puedes imaginar, ni siquiera fui capaz de usarla para defenderme de aquellos ladrones.

-Para serte sincero, no parece que tengas perfil. Sin embargo, todo el mundo tiene la capacidad de aprender.

Kasper seguía con cara de duda. Todo estaba ocurriendo demasiado rápido para él. Ambos parecíamos muy diferentes, pero por alguna extraña razón nos caímos bien. Kasper confió en mí desde el primer momento, supongo que vio a un hombre que lo había salvado de los asaltantes por voluntad propia y sin pedir nada a cambio. Por otro lado, a mí no me pareció para nada como el tipo de persona que podría serme de ayuda en mis propósitos. Parecía alguien de buen corazón y ambos necesitábamos ayuda. Estábamos solos y perdidos en un mundo hostil.

-Necesito encontrar alguna forma de ganarme la vida lo antes posible -insistí.

-Hay una ciudad importante cerca de aquí llamada Saliria, es hacia donde me dirigía. Si quieres podemos ir juntos.

-Sí. Me gustaría que me acompañases. Solo espero que si sufrimos una emboscada no vayas a quedarte indefenso y asustado como cuando te encontré.

-Prometo que la próxima vez, al menos, intentaré golpear a alguien con mi maza.

Llegó la comida y mientras la devorábamos ferozmente no hubo conversación. Estábamos demasiado ocupados comiendo como si fuese el fin del mundo. Acabamos al mismo tiempo. Kasper se echó hacia atrás con ambas manos sobre la barriga y para mi sorpresa pidió cuatro cervezas.

Se me puso cara de espanto. Bebimos dos cada uno y tras esas cuatro, Kasper pidió otras cuatro. Así sucesivas veces. Por alguna extraña razón se había venido arriba, muy arriba. Tal vez lo motivé en exceso con aquello de que podría aprender a luchar.

-El mundo es un lugar hostil, tienes razón -balbucía mientras se le trababa la lengua-. Tú pareces un hombre muy fuerte. Creo que podríamos hacer grandes cosas juntos. Esta misma noche saldremos hacía Saliria.

-En realidad, yo tenía pensado salir esta noche, pero en vistas de que vas a ser incapaz de salir por la puerta por ti mismo, saldremos mañana por la mañana.

Minutos después cargué a Kasper a hombros hasta una habitación en la que íbamos a pasar la noche. “Ahora entiendo por qué no quería tomar nada que alterase su estado mental”, pensé. Su primera gran borrachera llegó rápida y con fuerza.

A la mañana siguiente Kasper se despertó con un fuerte dolor de cabeza y cara de haber sido torturado.

-¿Sigues convencido de querer acompañarme hasta la ciudad? -pregunté para asegurarme de que no se le había acabado el subidón del día anterior.

-Dirijámonos a la ciudad, aunque despacio, no hay prisas.


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