martes, 13 de octubre de 2020

El caballero de las tabernas (V)

Camino hacia lo desconocido II

Llegada la noche paré mi caballo. Encontré un gran árbol rodeado de hierba en medio de una llanura, era el lugar perfecto para descansar. Hice un agujero en la tierra para esconder la bolsa de monedas por miedo a que me las robasen. Me tumbé bocarriba con las piernas y los brazos abiertos, y mirando al cielo volví a llorar desconsoladamente, hasta que sin darme cuenta me quedé dormido.

El sueño fue realmente reparador. Apenas tardé unos minutos en continuar mi rumbo. No podía perder el tiempo, era la hora de terminar de alejarme de aquellas tierras, de mi casa.

Tras varias horas de camino, me paré en una taberna y comí muchísimo: pata de jabalí con patatas y zanahorias, estaba deliciosa. Es uno de los platos más sabrosos que recuerdo haber comido. Una vez acabé, me dirigí a la barra, pagué y le dije a la camarera:

-Hola. Solo estoy de paso por aquí, me pregunto de qué podría encontrar trabajo.

Obviamente todavía no estaba lo bastante lejos de Willenon, sin embargo, quería hacerme una idea de lo que me esperaba.

-Trabajos hay muchos: herrero, labrador, sastre, granjero… Es cuestión de tener los conocimientos necesarios y dar con alguien que necesite a un trabajador. ¿A qué te dedicas tú?

Aquella pregunta me hizo darme cuenta de que no estaba preparado para hacer nada que no fuese luchar. Me sentí como un ignorante. Ni siquiera sabía hacer trabajos básicos. De ese modo, nadie me daría un empleo. La única posibilidad de ganarme la vida sería como mercenario, pero me negaba a aprovecharme de personas débiles o hacer ajustes de cuentas.

-Yo tan solo sé luchar -respondí.

-Seguro que eres otro de esos a los que han terminado expulsando de algún ejército o milicia. Suele ocurrir. Pareces un hombre fuerte. Podrías ganarte bien la vida como mercenario. Si no te atrapan o te traicionan, puedes vivir bien de ello, aunque no durante muchos años. Ya sabes cómo suele terminar eso.

Aquella breve conversación me cayó como un jarro de agua fría.

 

Seguí cabalgando durante varios días. No conocía en absoluto las tierras a las que estaba llegando, aunque el paisaje era similar a Willenon: muchas laderas, verdes árboles floridos, una vegetación frondosa, bastantes pájaros alrededor... 

Mi caballo estaba agotado, suerte que lo había alimentado bien. Pese a no ser un animal especialmente fuerte en apariencia, estaba mostrando un gran aguante y era mi único compañero de viaje. Llegué a una posada, me bajé para darle de beber y mientras lo acariciaba, le dije:

-Llevamos mucho tiempo juntos y ni siquiera te he dado un nombre. Supongo que no te valoré mientras tenía muchos como tú e incluso mejores, sin embargo, eres casi todo lo que tengo. A partir de ahora y dado que vamos a tener que dar muchas más vueltas, tu nombre es Nómada. Y así le di nombre a aquel elegante caballo de color blanco con grandes manchas marrones.

Nómada y yo continuamos adentrándonos por todos los parajes que se cruzaban en nuestro camino. Íbamos en dirección a una gran ciudad que me habían indicado en la última posada en la que estuve alojado. Decían que era la mayor de la región y allí era fácil comerciar. Tal vez, también sería más fácil encontrar un trabajo. Mis monedas empezaban a escasear.

Nada más llegar paré para comer. Una vez terminé y justo antes de levantarme de la mesa, escuché la conversación de un grupo de personas que estaba a mi lado:

-¿Has oído hablar de la batalla entre Weynon y Willenon? Parece que tuvieron una disputa que decidieron resolver en el campo batalla. Willenon ganó sin grandes problemas, pero perdieron a uno de sus capitanes que además era yerno del duque. Por lo que cuentan, murió en extrañas circunstancias. Dicen que perdió la vida en una emboscada, pero hay gente que preguntó en Weynon y nadie recuerda haberlo matado. Ahora circulan muchas teorías. Hay quien dice que se unió a Weynon por una gran cantidad de dinero, aunque continúa oculto; otros comentan que, en realidad, sigue vivo y hace vida normal en Willenon; e incluso hay campesinos que aseguran haberlo visto morir.

-¿Y tú cómo sabes todo eso? -preguntó otro de ellos.

-Mi hermano es un gran comerciante de vinos y está al tanto de todo lo que ocurre en muchos kilómetros a la redonda. No hay noticia que se le escape.

 

Al oírlos me sentí agotado. Había caminado muchísimo tiempo. Estaba cansado de huir y no parecía lo suficientemente lejos. Incluso llegué a pensar que si me descubrían y había algún escándalo, quizás, Foluk sería capaz de pagarle a algún sicario para que acabase conmigo. Desde aquella sucia jugada después de la batalla contra Weynon esperaba cualquier cosa.

Retomé el rumbo cabizbajo y pensativo con el deseo de poder ser invisible, hasta que comencé a sentir un olor como no había sentido nunca, incluso el clima parecía diferente, húmedo. Decidí acercarme. El olor iba siendo cada vez más intenso y al fondo vi el mar. Era algo muy difícil de describir. Jamás había visto nada con semejante belleza natural. El brillo del sol se reflejaba en aquella agua cristalina, podía sentir la humedad en la cara y escuchar a las gaviotas. Willenon estaba al interior y jamás había visto el mar. Aquella escena se me quedó en la memoria para siempre.

Pero lo más llamativo no fue eso, sino las personas que estaban dentro del barco. Eran diferentes: delgadas, de gran altura y largas orejas puntiagudas. Me atrevería a decir que ninguno medía menos de dos metros. Tanto las mujeres como los hombres eran muy bellos: de piel tersa con una nariz y unos labios finos perfectamente delineados. Sin lugar a dudas eran los elfos. En las tierras de Willenon tan solo convivíamos humanos en las ciudades y orcos en los bosques. Durante muchas de las tardes que pasaba con Milov en la biblioteca me hablaba de las distintas razas existentes. Al mismo tiempo, vi en aquellos barcos la posibilidad definitiva de alejarme para siempre.

 

Dejé atado a Nómada y fui a preguntar.

 -Buenos días, ¿este barco va a zarpar en breve? -le pregunté a un orco bajito y fuerte con cara de pocos amigos que cargaba maletas.

-¿Acaso piensas que estamos cargándolo de maletas por hobby? -respondió fiel a la cara de pocos amigos que producía a primera impresión.

-¿El barco se dirige a algún destino lejano? ¿Cuánto cuesta el viaje? -pregunté.

Primero me clavó la mirada dando a entender que parecía un pesado y tras unos segundos me dijo que si tenía algún interés debía hablar con el capitán del barco.

-¿Quién es?

Me señaló con el dedo a un señor que estaba de espaldas a unos metros de distancia.

Me acerqué y para mi sorpresa vi que era un ranoide, como Milov también me había comentado en alguna ocasión, los ranoides formaban parte de la raza de los animaloides, cuerpo de hombre con cabeza y piel de animal. Este en concreto tenía cabeza y piel de rana y se notaba que era el jefe del barco porque vestía unas ropas de seda que debían ser muy caras.

-Buenas tardes, ¿adónde se dirige este barco? -pregunté ansioso y esperanzado.

Al puerto de Haispur. El viaje durará varios días -respondió mientras me miraba de arriba abajo.

Quise saber cuál sería el valor del viaje y me dio un precio desorbitado. Era más que todas las monedas que tenía; sin embargo, necesitaba hacer ese viaje, me llevaría hacia unas tierras en las que no tendría que volver a esconderme. No obstante, no sabía qué hacer porque no estaba dispuesto a dar todo mi dinero y empeñar a Nómada. 

Decidí irme a la taberna más cercana, necesitaba descansar y decidir qué hacer.

Nada más entrar me encontré al orco que cargaba maletas sentado solo en una mesa con un vaso de vino vacío. Pasé por su lado y no me reconoció. Supuse que su cara de malas pulgas no invitaba a nadie a sentarse con él. Pedí dos vasos de vino, me senté sin pedirle permiso y le di uno de los vasos. Al principio se sintió extrañado al ver que me sentaba a su lado, pero al reconocerme y ver que le daba un vaso de vino sonrió levemente.

-Te lo mereces porque has trabajado mucho hoy. He visto como sudabas.

Me lo agradeció sorprendido y brindamos.

-¿Vas a viajar con nosotros? -preguntó

-La verdad es que me gustaría, pero no tengo suficiente dinero, esos viajes deben ser para ricos.

-Lo imaginaba. Cuando te fuiste, el dueño del barco vino a hablar conmigo. Quería saber qué me habías preguntado. Creo que puedo hablar con él para conseguirte algún descuento.

-¿En serio? Te lo agradecería.

-Lo voy a intentar, de todos modos, no te hagas grandes esperanzas porque estos hombres de negocios solo piensan en el dinero.

Tras un buen rato de charla y descubrir lo entretenido que era hablar con aquel orco solitario decidí despedirme. Unas horas más tarde fui a hablar con el capitán del barco y, gracias a la mediación del orco, conseguí entrar sin gastar ni una moneda, aunque muy a mi pesar, empeñando Espada de Plata. Mi espada, que había sido un regalo del duque. Se me hizo muy difícil deshacerme de ella, sin embargo, no tuve opción.

Partimos a la mañana siguiente. El viaje duró casi tres semanas. Allí conocí a muchas personas interesantes. Hice a mis primeros amigos elfos y animaloides, compartí mucho vino con el orco, escuché muchas historias de lugares remotos y, por momentos, cuando caía en la cama, me preguntaba qué había sido de Willenon. ¿Habría ocupado mi lugar el orco guapo? ¿Cómo estaría Milov? En realidad, creo que imaginaba a todo el mundo dividido en dos grupos: los que me echaban de menos y los que se alegraban de que hubiese desaparecido para siempre. Supongo que el único que no encajaba en ninguno de los dos grupos era Henric, el duque. De cualquier manera, no era buena idea pensar mucho en aquello, pues debía entender que era parte del pasado; aunque he de reconocer que fueron muchas las noches en las que no conseguí pegar ojo dándole vueltas a todo lo ocurrido.

Finalmente bajé en el puerto de Haispur. Me despedí de las personas a las que había conocido, le di las gracias una vez más al orco por haberme ayudado a entrar en aquel barco y continué por tierras desconocidas sin saber cómo sería el fascinante mundo que me esperaba por descubrir.


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