domingo, 6 de septiembre de 2020

El caballero de las tabernas (III)

Capítulo 3

El orco guapo


Sin haberlo imaginado jamás, alguien como yo, huérfano y muy alejado de la nobleza, gracias a mi fuerza para luchar y mi valentía, tuvo la suerte de contraer matrimonio con la hija de Henric, el duque de Willenon. Era obvio que iba a tener que lidiar con habladurías y miradas de desaprobación, pero no me importaba. Y, lo que es más, yo nunca tuve el menor interés en formar parte de la nobleza ni en casarme con aquella mujer de exuberante belleza. Alta, de anchas espaldas, grandes ojos verdes y larga melena oscura, pero cuyo carácter era demasido fuerte para alguien a quien le gusta pasar el tiempo con sus amigos, riéndose y bromeando en la taberna tras duras jornadas de entrenamiento.

 El duque, ese gran hombre que confió en mí mientras pudo, hizo todo lo posible para convencer a su hija, que tras muchas discusiones acabó aceptando porque no había otra salida. Siempre supe que ella no tenía el menor interés en mí, ni el duque parecía estar muy convencido; sin embargo, bajo mi liderazgo en la batalla, el ducado permanecería en pie. Tampoco importaba si yo no tenía formación alguna más allá del buen uso de la espada, su corte de administradores se encargaría de todo.

 

No eran pocas las situaciones de conflicto que tuve con mi esposa, a la cual consideraba mi esposa por el simple hecho de que nos casaron. Fue, por cierto, en una gran ceremonia a la que no faltó nadie de la nobleza ni una ingente cantidad de amigos, “borrachines” según mi esposa, y miembros de la nobleza real.

Fue un gran banquete con música, las mejores carnes y vinos, además de adornos con las más bellas y aromáticas flores de los alrededores. Durante la fiesta ella no sonrió ni una sola vez, yo disimulé lo mejor que pude, mientras veía a unos y a otros hacer sospechosos comentarios a la persona de al lado, a la vez miraban hacia a mí con disimulo y se ponían la mano en la boca sútilmente para que no pudiese leer sus labios.

 

Pero por aquella época yo era un hombre de pocas preocupaciones. Todo pasó bien, nos reímos mucho, hubo diversión y celebramos la noche de bodas como era de esperar: en la misma habitación, pero durmiendo de espaldas y sin la menor esperanza de que ella al menos soltase una sonrisa. Nuestra vida de “pareja” consistía en la distancia en la vida privada y en guardar las formas en los actos públicos.

 

No obstante, un día, nada más entrar a la habitación, me llevé una sorpresa que no esperaba. Ilis, mi esposa, había puesto todas mis ropas en una bolsa.

-¡Ya no aguanto más esta farsa! ¡Sal de aquí! ¡Nunca te he querido ni te voy a querer! -no solía gritar con esa intensidad.

La segunda parte de lo que dijo la sospechaba desde antes de la boda, pero eso de tener que irme inmediatamente me dejó un poco desencajado.

-¿Has hablado con tu padre? –le comenté intentando hacerla entrar en razón.

-No me importa lo que diga mi padre. No necesito su autorización para ser libre. Tan solo acepté mi matrimonio contigo por no hacerlo sufrir, pero el nivel de sufrimiento al que estoy llegando gracias a ti ya no da para más -seguía muy tensa.

"¿Sufrir conmigo?, pero si yo no hago nada”, pensé.

-Tú no eres feliz porque yo no tengo cómo hacerte feliz. Nunca me has dado la menor oportunidad. Creo que ni siquiera me conoces -respondí.

-¡Ni falta que me hace! ¡Sé cómo es la gente como tú nada más verlos!

 

Como no me gusta discutir y tampoco quería montar un escándalo, cogí mis cosas y me fui a la habitación de al lado. Sería mejor hablar con el duque. Si me iba del palacio y se corría la voz por el reino, el escándalo sería muy grande y dejaría en evidencia al bueno de Henric.

 

Dormí en otra habitación y no fui a desayunar hasta que mi esposa, o lo que fuese, terminó. Entonces bajé y el duque todavía estaba allí, pensativo. Seguramente su hija le había contado algo y él no sabía qué podría hacer.

Le di los buenos días, me senté, lo miré y le dije:

-Supongo que usted ya sabe lo que ocurrió anoche.

Me miró, con ojos tristes, y no respondió.

-Su hija no me ha querido nunca, usted lo sabe.

-Lo sé, pero pensaba que con el paso del tiempo y descubriendo que en el fondo eres una persona de gran corazón, acabaría surgiendo el amor. Lleváis casi un año casados y las cosas van de mal en peor.

Conversamos hasta que el duque tuvo que irse. En ese momento se acercó a mí Laila, una de las limpiadoras, esposa de Ailon, el jardinero. Tenían fama de ser el matrimonio más cotilla del ducado. Se decía que lo sabían todo y, según algunos, si no lo sabían se lo inventaban.

-¿Ha visto usted lo tensa que está su esposa? -me dijo con esa mirada típica de personas que quieren sonsacar información.

-¿Qué si lo he visto? Lo he visto y lo he padecido. Tú ya sabes que siempre ha sido todo así -le expliqué-. Pero ahora está demasiado tensa. Mucho más de lo que jamás ha estado. Y ha sido de repente.

-Te contaré un secreto. La culpa no es tuya, es del orco. Del orco guapo.

"A veces los cotillas son personas imprescindibles", pensé.

-¿Cómo?

-Si quieres saber más, pregúntale a mi marido. Ahora está trabajando allí fuera.

Pude verlo a través de un gran ventanal que estaba a unos metros de mí. Terminé el desayuno y salí al jardín.

El sol me daba frente. Era un día muy soleado y alegre. Al buen clima había que sumarle el agradable canto de los pájaros.

Me acerqué a Ailon, el marido cotilla, mientras miraba a mi alrededor recreándome en aquel bello día.

 

-Buenos días, Ailon. ¿Qué es eso del orco guapo?

-No se lo puedes decir a nadie -me dijo mirando alrededor para cerciorarse de que nadie estaba observando-. ¿Tú crees que esas clases en las que Ilis se va por el bosque para practicar tiro con arco y pasear a caballo son ciertas? -me contó en voz baja acercándose con suavidad a mi oído.

-Entonces, ¿a qué va?

-Va al bosque a verse con el orco guapo.

-¿El orco guapo? -me sorprendí.

-Sí. Lo llaman el orco guapo porque es alto, delgado y muy musculoso. Tiene una bonita sonrisa y ojos azules, mi mujer lo ha visto.

-Yo pensaba que todos los orcos eran feos -dije mientras me rascaba la cabeza y ponía cara de ingenuo.

-Eso es solo un estereotipo. Hay muchas clases de orcos, como las hay de humanos, elfos…

-Vaya, vaya -respondí mientras una parte de mí se alegraba de que ella hubiese encontrado a alguien a quien sí quería.

-¿Y qué puedo hacer yo al respecto?

-Sugiero que te encuentres con el orco y habléis entre vosotros. Tal vez consigáis llegar a algún tipo de acuerdo. Creo que no tienes muchas más opciones.

-¿Y cómo puedo encontrarlo? Va a pensar que quiero acabar con él.

-Déjalo de mi parte. Hablaré con mi mujer y ella encontrará la forma de hacerlo. En dos días te daré una respuesta.

-Muchas gracias por tu ayuda. Confío en ti -respondí.

Dos días más tarde me encontraba adentrándome en el bosque con Ailon. Habíamos engañado al orco guapo para que pensase que era mi esposa la que iba a aparecer. Se le pusieron los ojos enormes cuando aparecimos a caballo Ailon y yo, en vez de mi esposa con su séquito de encubridoras.

 Me bajé del caballo y vi como rápidamente el orco se echó la mano a una daga que tenía en la cintura.

-Tranquilo. Vengo en son de paz. Soy el marido de Ilis. Supongo que habrás oído hablar de mí, no vamos a pelear porque no tardaría más de dos segundos en partirte en dos -le dije con cara de convencimiento para asustarlo, aunque no lo tenía tan claro, él parecía muy fuerte también.

-¿Te quieres casar con mi mujer? -le pregunté con toda la naturalidad del mundo.

Yo lo miraba de arriba abajo comprobando que era tal y como me lo habían descrito. Él no sabía qué responder.

-Para ser sincero, no hay problema, ella nunca me ha querido y nunca me va a querer. Pero hay un asunto que necesito arreglar.

-Ambos estamos enamorados desde mucho antes de vuestro casamiento.

En ese momento entendí por qué la noche de bodas fue como fue.

-Comienzo a explicarme por qué está tan tensa -dije.

-Queremos estar juntos y no nos gustaría seguir escondiéndonos por más tiempo, sin embargo, los dos sabemos que nadie me aceptará porque soy un orco, vivo en el bosque y ella ya está casada.

A la par que me hablaba, percibí lo injusto que era el mundo. Pese a que era alguien apuesto, fuerte y aparentemente inteligente, no tenía la posibilidad de estar con Ilis por pertenecer a la casta de los orcos. En su mirada vi a un hombre que sufría por amor. Transmitía un sentimiento que yo jamás había sentido. Estaba enamorado de la mujer por la que yo nunca sentí nada ni ella sintió por mí.

 

Volví a casa y entré en la habitación de Ilis. Ella estaba de espaldas y nada más oír la puerta, se giró y al verme estiró el brazo en señal de que desapareciese de su vista, pero conseguí explicarle que había estado con el orco.

-¡No sé de qué hablas!

Se lo expliqué y me respondió:

-¡No sé cómo te atreves!

Avancé y me senté en la cama. Ella estaba de pie, muy cerca, mirándose el pelo en el espejo.

-He tenido una idea que tal vez nos haga salir beneficiados a todos.

Y por primera vez se calló y prestó atención a lo que yo tenía que decir.

Le dije que estaba pensando en negociar un acuerdo con los orcos. Un acuerdo tanto comercial como militar, de ese modo, las relaciones y los viajes entre nuestro ducado y las tierras de los orcos se producirían con mucha más asiduidad

-Ver a orcos por aquí o a nosotros por sus tierras será algo habitual y así, tú y el llamado “orco guapo” os podréis ver con frecuencia y nadie sospechará nada.

En ese momento me miró como no lo había hecho nunca. Percibió que además de que no tenía la menor intención en llegar a gustarle, lo que había hecho le supondría de gran ayuda, al mismo tiempo que su padre estaría más tranquilo. 

Y desde aquel día y durante una larga temporada las cosas se calmaron, ella fue una mujer sonriente, el duque un hombre tranquilo y yo pude volver a dormir en la habitación de Ilis, aunque fuese en la cama de al lado.


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