sábado, 12 de septiembre de 2020

El caballero de las tabernas (IV)

Capítulo 4

Camino hacia lo desconocido


Me desperté oyendo gritos, miré por la ventana y vi a varias personas protestando una vez más. En esta ocasión se quejaban porque uno de los administradores llevaba dos semanas sin pagarles, después descubrí que estaba robando. Continuamente había alguno creando problemas y Foluk siempre me culpaba de ello. Según decía: el marido de la hija del duque debía tenerlo todo bajo control y supervisar a los administradores.

Por lo demás, mi vida transcurría con total normalidad en Willenon, aquel apacible ducado rodeado de grandes bosques. Entrenaba duro, visitaba con frecuencia a Milov el bibliotecario, Foluk me iba detestando más a medida que envejecía, mi mujer era feliz gracias a su orco guapo y yo siempre que podía me escapaba a la taberna para charlar con la gente de Willenon. Para mí, las cosas por el ducado iban viento en popa.

Pocos días después de aquellas protestas, nos llegó un mensajero con una carta del ducado vecino de Weynon en la que nos declaraba la guerra. La causa era la disputa por una extensión de tierras. Rápidamente fuimos convocados para una reunión en la que el duque explicó que tras muchos intentos de negociación no habíamos conseguido llegar a un acuerdo, de modo que nos veíamos abocados a resolver el conflicto en una batalla que se celebraría en un mes.

Debíamos reunir a 300 soldados. Tras conseguir un acuerdo con los orcos me pasé por la academia militar para huérfanos, mi antiguo hogar. Me encantaba visitarla, mi infancia estaba en cada rincón, lo pasaba muy bien viendo a los jóvenes entrenar y no dejaba escapar la oportunidad de compartir con ellos mis experiencias. Me llenaba de orgullo verlos prestar atención a cada una de las palabras que pronunciaba.

Cuando les conté que necesitaba a varios para participar en la batalla se pusieron muy contentos. Era realmente gratificante verlos con esas ganas de luchar en favor de Willenon pese a su corta edad.

De vuelta al palacio me crucé a Foluk. Intenté saludarlo con una sonrisa, pero se hizo el despistado. Un poco más adelante me encontré al duque sentado en la mesa del salón triste y pensativo.

-¿Qué ocurre, Henric? -pregunté.

-Cada vez tenemos más conflictos con los habitantes de Willenon y ahora una guerra. La batalla que vamos a librar es muy importante, esas tierras son fructíferas, serían una gran pérdida -dijo sin mirarme a la cara.

Las tierras eran excelentes para la agricultura y tenían muchos árboles frutales, pero tampoco me parecían tan importantes. No entendía que valiese la pena librar una guerra por cuestiones tan pequeñas. “Si no podíamos usarlas, cogeríamos fruta y cultivaríamos en otro lugar”, pensé. La ambición de la nobleza era algo que me resultaba imposible de entender por aquel entonces.

 A partir de ese día comencé a sentir cierto distanciamiento incluso entre los empleados del palacio. Supuse que se debía al miedo a perder y que Willenon se resintiese en exceso, sin embargo, yo estaba seguro de que íbamos a ganar. Tenía la certeza de que tras nuestra victoria todo volvería a la normalidad.

Entre aquel ambiente de incertidumbre y frialdad pasó el mes más largo de mi vida.

Finalmente llegó la batalla. El tamaño de ambos ejércitos era similar, aunque saltaba a la vista que en nuestro lado había una mayor cantidad de jóvenes. Nos dividimos en cuatro grupos. Yo me encargué del flanco derecho.

De aquella batalla vale la pena recordar la valentía de los más jóvenes, que quedaron atrás disparando tenazmente con los arcos. Su puntería e ímpetu les hacían parecer soldados veteranos. Si hubiese tenido que darles una espada habrían atacado sin pensarlo dos veces. 

Yo, por mi parte, me lancé con Espada de Plata en la mano derecha y conseguí acabar con varios en un santiamén. Hubo un momento en el que me sentí rodeado, incluso tuve miedo cuando vi a un caballero con armadura y lanza a caballo dirigirse hacia mí. Mi posición era incómoda para defenderme; si me giraba, algún rival podría atravesarme con su espada; por otro lado, no podía obviar la amenaza. Una flecha llegó de la nada y acabó con el hombre a caballo. Conseguí librarme de mi oponente y mirar hacia nuestros jóvenes y lanzarles una rápida sonrisa en señal de agradecimiento.

El chocar de las espadas se escuchaba con gran intensidad, los gritos de soldados que caían eran continuos. Cada vez había más bajas en los dos lados, pero nosotros íbamos ganando. De repente, se escuchó al duque de Weynon ordenar la retirada.

Me dirigí rápidamente a caballo hacia los últimos que intentaban huir. Henric y Foluk me seguían. Nos adentramos profundamente en el bosque, no estaba dispuesto a dejarlos escapar con vida, nuestra victoria sería incontestable.

Al final consiguieron huir, pero habíamos ganado. Levanté ambos brazos en señal de victoria, miré hacia atrás y vi al duque y Foluk parados observándome con caras muy serias. Henric parecía que iba a romper a llorar.

Me acerqué a ellos y les pregunté:

-¿Qué ocurre? Hemos ganado, es algo que debemos celebrar.

 El duque lleno de lágrimas en los ojos me miró y con dificultad para articular palabra, me dijo:

-Ezequiel, tienes que desaparecer. Es el momento adecuado.

-No entiendo nada. ¿Por qué debo irme? ¿Y hacia dónde? -respondí.

-¡Tienes que abandonar estas tierras! ¡Ahora y para siempre! -añadió el malhumorado Foluk.

Nada aparentaba tener sentido. Estaba desconcertado. Los miraba fijamente esperando una explicación más concreta acerca de qué querían decir.

-Tú sabes que te quiero como a un hijo. Pero seamos sinceros, mi hija no te quiere ni te va a querer nunca y tú no estás preparado para ser duque, ni a estas alturas creo que puedas conseguirlo. Lleváis cuatro años de matrimonio y cada día que pasa todo funciona peor. Eres un luchador único, aunque solo eso. Tú sabes que mi hija nunca te dará hijos. Nos hemos equivocado, yo creí en ti…

-Pero... -intenté añadir algo inútilmente.

-Tú podrías haber evitado esta guerra si hubieses ido personalmente a hablar con el duque de Weynon y le hubieses impuesto respeto, sin embargo, ni te lo planteaste. Podrías haber evitado todos los conflictos con los habitantes de Willenon, pero preferiste que una banda de administradores corruptos hiciera el trabajo por ti. La vida es mucho más que ser el mejor con la espada. Por momentos, he tenido la impresión de que ni te interesaba lo que estaba en juego en esta batalla. El honor también cuenta en la vida y si no lo proteges, lo pierdes y nadie te respeta. No obstante, tú pareces no entenderlo. Tu vida ha sido fácil porque eres el mejor en el campo de batalla y eso te lo ha proporcionado todo, pero no intentas aprender otras cosas, no tienes interés en desarrollar nuevas habilidades.

Me quedé mudo. Quería responder algo, aunque no lo conseguía. Todas mis verdades estaban en jaque. 

Foluk seguía observándome con su fría mirada. Estaba deseando decir algo más.

-¿Debo irme a otro ducado? -espeté.

-Hemos pensado que lo mejor es que te vayas para siempre, donde nadie te pueda encontrar. Este es el momento ideal. Le diremos a todo el mundo que has muerto en una emboscada persiguiendo a esos soldados y que se llevaron tu cuerpo para quemarlo en señal de venganza. Serás recordado como uno de nuestros grandes héroes -dijo Henric.

En medio de una batalla importantísima habían planeado una forma de librarse de mí. Incluso llegué a plantearme si en el fondo no hubiesen preferido haberme visto muerto en combate. No me lo podía creer.

Hice todo lo que pude por contener el llanto. Henric continuaba llorando a lágrima tendida, mientras Foluk mantenía su cara petrificada y su mirada de odio.

-¡Esperamos que lo hayas entendido! Debes irte lo más lejos posible. Mucho más allá de los límites del reino. Donde nadie pueda reconocerte o saber de ti. Tu desaparición debe ser igual a una muerte, y los muertos no vuelven a la vida. Siempre supe que traerías problemas al ducado y tu hora ha llegado -Foluk siempre soñó con tener la oportunidad de decirme eso y lo había conseguido.

El duque sacó una bolsa llena de monedas y dijo:

-Aquí hay bastante dinero para que puedas subsistir durante mucho tiempo, hasta que encuentres un lugar de acogida. Puedes quedarte Espada de Plata y el caballo. Te deseo toda la suerte del mundo y sentiré tu falta como si hubiese perdido un hijo.

Estiré la mano y cogí la bolsa de monedas. Supongo que las facciones de mi cara debían parecerse a las de un niño que quiere romper a llorar, pero al que le da vergüenza hacerlo.

-Gracias por las monedas. Creo que serán de gran utilidad. Ha sido un honor formar parte de su ducado y su familia.

Me di la vuelta y comencé a correr con mi caballo lo más rápido posible, mientras el viento se llevaba cada una de esas lágrimas que caían como jamás lo habían hecho y tardarían muchos años en volver a caer. Corrí lo más rápido que pude sin mirar ni una sola vez atrás, recordando cada momento que había pasado en Willenon, el único lugar al que siempre había pertenecido y en el que me hubiese gustado permanecer hasta el último de mis días. A medida que avanzaba iba recordando todo lo que había sido mi vida: mis charlas con Milov el bibliotecario, los compañeros de la academia militar, las risas en la taberna, los entrenamientos… A medida que avanzaba iba sintiendo la desaparición de todo lo que amaba y hacía que yo fuese lo que había sido hasta ese momento. No pensaba hacia dónde me dirigía, qué iba a ser de mí, cómo sería el mañana. Tan solo quería correr lo más rápido que mi caballo pudiese mientras seguía llorando y gritando desconsoladamente a los cuatro vientos, al mismo tiempo que por mi primera vez me sentí huérfano.


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