domingo, 30 de agosto de 2020

El caballero de las tabernas (II)

Capítulo 2

Mis primeros años

En realidad, tuve una vida feliz; y tengo la impresión de que podría no haber sido así. Supongo que se debe a que nunca conocí a mis padres y hasta haber llegado a cierta edad no fueron muchas las cosas que pude elegir. Por suerte, soy de esas personas que no piensan en exceso, no devoran mi mente profundos pensamientos filosóficos, me gusta reír con mis amigos y pasármelo bien. En cambio, muchos de mis compañeros en aquella academia militar para huérfanos, vivían lamentándose, criticando los privilegios de la familia real y la nobleza.
Muchos de ellos estaban más pendientes de aquello que de entrenar duramente y aprovechar su única oportunidad: convertirse en grandes soldados. Aunque he de reconocer que en parte les entendía, es difícil jugárselo todo a una carta que no has elegido en la que además te juegas la vida. Yo tuve la suerte de tener bastante facilidad en combate debido a mi gran envergadura y fuertes brazos, con poco esfuerzo conseguía grandes resultados. Me gustaban los entrenamientos. Eran duros, pero esa dureza me motivaba.

La gran mayoría de aquellos compañeros ya no vive. Recuerdo con gran cariño a Valak, un chico alto y delgado de piel y cabello oscuros. Se rumoreaba que había sido abandonado por una familia noble de otro reino. Vivimos grandes momentos y ganamos importantes batallas. Si mal no recuerdo, desapareció a los 22 años en medio de una batalla que libramos contra un reino vecino. Unos decían que murió en combate pero quemaron su cuerpo, y otros, que aprovechó la ocasión para huir y encontrar a esa familia noble a la que debía pertenecer. Nunca supimos cuál fue el desenlace. Pivok Cabeza Roja era un chico bajito, pelirrojo y muy ágil. Fuimos como uña y carne hasta su prematura muerte a los 18 añoos, en medio de otra guerra. Yo mismo pude ver cómo lo atravesaron con una espada. Aquello nos dejó marcados a todos durante mucho tiempo. Era una buena persona.

Pero no solo había hombres, también había mujeres abandonadas al nacer y que pasaban a formar parte del ejército. Entre las mujeres destacaba Jessica la Rápida, posiblemente la única luchadora del ducado de Willenon que consiguió humillarme en combate, sus delgados y veloces brazos, pese a su corta estatura, la hacían invencible. Aquella fue una de las mayores lecciones que aprendí. Me di cuenta de que la rapidez puede ser más importante que la fuerza. Realizamos un breve campeonato, si mal no recuerdo, nos clasificamos veinte, Jessica y yo llegamos a la final. Posiblemente el luchador con más fuerza física frente a la luchadora con más rapidez, y el combate fue muy breve, no tenía tiempo de ver por dónde me llegaban los golpes. De repente estaba en el suelo, me levantaba y volvía a verme en el suelo rápidamente. Así, hasta que no me pude levantar más. Nadie fue capaz de acabar con Jéssica en combate, su vida terminó por causa de una grave enfermedad a los 25 años.

No todo eran peleas y entrenamiento. También teníamos momentos de diversión. Muchos días, tras la jornada de entrenamiento, nos íbamos a la taberna y nos quedábamos hasta tarde. El Capitán General no nos dejaba emborracharnos, pero siempre había algún que otro que se quedaba bebiendo una vez que todo el mundo se había ido a dormir, y yo era uno de ellos con mucha frecuencia. Las tabernas y yo comenzábamos a entablar amistad, allí se aprendían muchas cosas.

Cuando éramos niños, y todavía no entrenábamos, nos pasábamos el día en la escuela y jugando. No recuerdo con exactitud cuál fue el primer día en que me di cuenta de que Foluk, el principal asesor del duque, me detestaba. Siempre me estaba observando con aquella cara de persona llena de maldad por causa de una vida llena de frustración, supongo. Su fijación por mí era obsesiva. Me regañaba continuamente, no me dejaba tranquilo. Parecía que cualquier cosa que hiciese estaba mal. Yo tan solo era un niño y, aunque no consigo recordarlo todo a la perfección, sí recuerdo que no solamente no hacía caso a sus regañinas, sino tampoco a sus castigos. Milov el Bibliotecario, un señor bajito y calvo que percibía todo lo que ocurría y fue como un padre para mí, siempre me decía que no debía hacerle caso al cascarrabias de Foluk.
 
Crecí, comencé a entrenar en la academia y cuando ya tenía 16 años empecé a formar parte oficialmente del ejército. En el ejército comenzó mi mejor época. Mi facilidad para el combate hizo que me convirtiese en un hombre clave. No fueron pocas la batallas en las que ayudé a acabar con decenas de rivales. Mi fuerza hacía que pudiese superar sin dificultad a varios hombres.

Pese a los logros que iba acumulando, Foluk continuaba dándole malas referencias sobre mí al duque, referencias de las que creía que nunca haría caso.



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