miércoles, 1 de enero de 2014

En el extranjero para aprender un idioma (II). La escuela



Cuando vamos a un país extranjero para aprender la lengua es imprescindible apuntarse a una escuela de idiomas. Hay muchas con gran cantidad de programas que podremos adaptar a nuestras necesidades o gustos. Hay cursos según el nivel, cursos que te preparan para algún examen en concreto o cursos para aprender alguna parte específica de la lengua, como vocabulario financiero, por ejemplo. Obviamente, todos los profesores son nativos y compartiremos clase con alumnos de todo el mundo. El ambiente de las escuelas de idiomas es una de las cosas que más gratamente recuerdo, es el lugar donde se empieza a hacer amigos y se va cogiendo confianza para hablar con fluidez.

Recuerdo mi primer día. Era un recién llegado y al fin estaba allí, en una escuela que me iba a ayudar a dominar el inglés. Estaba situada en una de las calles más concurridas de Dublín, aunque he de reconocer que no me acuerdo del nombre de la calle ni de la escuela. Entré en una sala para hacer un examen de nivel y descubrí lo primero que todo hispanohablante descubre cuando se va a vivir a un país de habla inglesa, que está lleno de hispanohablantes. No recuerdo con exactitud cuántos éramos en la sala, pero sí puedo asegurar que al menos la mitad procedían de España y Latinoamérica. El idioma oficial de aquella sala era el español y cada vez que un nuevo hispanohablante entraba por la puerta decíamos “otro” y empezábamos a reírnos. 

Hice la prueba y me salió el mismo nivel que le sale a la inmensa mayoría de personas, el famoso intermediate level, que es ese nivel que abarca desde después de lo muy básico hasta antes de lo muy difícil, he ahí la respuesta de por qué nos sale a tantos. 

Los primeros días de clase no entendía absolutamente nada de lo que el profesor decía, pero supuestamente, eso era normal, debía “hacer el oído” y después, todo sería más fácil. La clase estaba compuesta por alumnos de todo el mundo: chinos, hindúes, italianos... Y por supuesto, muchos hispanohablantes. Fue el primer lugar en el que empecé a entender de verdad aquello del respeto a otras culturas. Había determinado tipo de bromas, muy comunes en España (en España todas las bromas son comunes) que no se podían hacer a personas de otras culturas porque tal vez resultase ofensivo, razón por la cual el respeto era primordial.

Lo que menos me gustaba de las clases eran esos momentos en los que nos ponían a hablar con el compañero. Nuestro nivel era aún muy bajo y, a veces, nos emparejaban con alguien con una lengua materna muy distinta a la nuestra cuyo acento nos resultaba realmente difícil de entender. La comunicación era casi imposible. Otras veces, nos tocaba hablar en público y, o no habíamos entendido lo que el profesor nos preguntaba o muchos no entendían lo que otros decían. Es lo que tienen esos niveles de inglés, hay que ser muy paciente y esforzase mucho hasta alcanzar un dominio mejor. 

Tras un tiempo tuve que dejar la escuela y fue cuando me di cuenta de lo importante que era. Mientras estás yendo no crees estar aprendiendo lo suficientemente rápido, pero en realidad sí, y esto lo percibes cuando pasa el tiempo, puesto que hay muchas expresiones que no entiendes porque jamás las has estudiado, ni tienes a un profesor que te corrige continuamente para hacerte ver dónde te equivocas. Aunque también es cierto que mucho tiempo continuado de escuela cansa; estudiamos muchas horas a la semana y no llegamos a asimilar toda la información que nos dan. Yo recomendaría ir a la escuela un número no muy elevado de horas, salvo las primeras semanas que es cuando necesitamos sumergirnos de lleno en el idioma. 

De cualquiera de las maneras, lo importante es tener claro el ritmo al que se quiere y se puede aprender y encontrar un curso que se adapte a nuestras necesidades, pero siendo realistas, aunque estudiemos ocho horas al día no vamos a aprender un idioma en tres meses.


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