sábado, 28 de diciembre de 2013

En el extranjero para aprender un idioma (I). Los primeros días



¿Quién no ha ido alguna vez a un país extranjero para aprender la lengua? ¿Quién no sueña con llegar a hacerlo algún día? Esa sensación inolvidable cuando estás llegando y miras por la ventanilla del avión, emocionado, mientras este va a aterrizando. Te vas a bajar, vas a estar finalmente allí. Ese primer refresco que se pide en la barra del bar del aeropuerto intentando poner el mejor de los acentos, el de las películas, cuando de repente, la camarera te mira con cara de “¿qué está diciendo este?”. 

En mi caso, fue en Dublín, Irlanda, y como todo recién llegado allí, al subirme al coche que me esperaba, lo hice por el lado contrario. Después llegué a la casa en la que iba a vivir, una casa pequeña de estilo victoriano, donde vivía una señora muy gorda que curiosamente trabajaba en una fábrica de chocolate. Vivía sola y acogía a muchos estudiantes extranjeros. Sin ir más lejos, en aquel momento había dos más, un chico húngaro, al que apenas entendía cuando hablaba, y un coreano, al que entendía aún menos y que no tardó en mudarse a una casa con más coreanos. Tan solo me hicieron falta unos segundos de conversación para darme cuenta de que ese intermediate level en España era algo realmente elementary level allí.

Mi primera noche, para cenar, la señora me había dejado preparado un plato de puré de patatas con gravy (jugo de carne). Posiblemente el peor plato que he probado en mi vida.  Era un poco tarde y tras la amable recepción de Liz, la señora, y muerto de hambre por mi incapacidad para comerme aquellas mash potatoes, decidí llamar a mis padres para contarles que había llegado bien e irme a dormir. El viaje había sido duro y necesitaba descansar.

Al día siguiente, nada más levantarme, lo primero que hice fue salir a dar un paseo por los alrededores, mirar dónde estaban las paradas de tren y autobús, las tiendas... Y como en un paseo de ensueño, observaba el estilo de las casas; la gente, que era de apariencia distinta a la de mi país; el clima, que era mucho más húmedo y lluvioso; y los paisajes, que eran mucho más verdes también. Tenía la impresión de haber entrado en otro mundo, era esa sensación indescriptible que siente una persona cuando entra en contacto con otra cultura.  

Pasado un buen rato, decidí volver a casa, pero antes paré para comprar un muslo de pollo, el cual indiqué al tendero señalando con el dedo a través del cristal de una vitrina en la que estaba situado,  y él, viendo que no sabía hablar bien, me enseñó el nombre, drumstick. Complicado para un hispanohablante, pero es una palabra que nunca olvidaré. Me encantaban aquellas tiendas que siempre tenían comida como salchichas, patatas fritas o muslos de pollo listos para llevar, y aquel hombre en concreto, fue bastante simpático, razón por la que me convertí en su cliente habitual.

Volví a casa mientras iba comiendo por el camino, subí a mi habitación, descansé y después me decidí a coger el primer DART (como se le llama al tren en Dublín) en dirección al centro.

El centro era pequeño, pero muy masificado y cosmopolita, había mucha gente por todas partes procedente de todos los lugares imaginables y se podían escuchar un montón de idiomas: inglés, francés, italiano, muchas lenguas asiáticas o del este de Europa que no llegaba a diferenciar, y por supuesto, español. Era fascinante formar parte de aquello, observar el ambiente y la belleza de su río y sus calles, así como la música irlandesa, que sonaba por todas partes. Empezaba a conocer el lugar en el que iba a pasar uno de mis mejores años y el lugar que hizo cambiar para siempre.


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